Desde la torre.
Cuando los días de la pequeña aguilita, -que se creía una gallinita y deseó ser una raíz- eran pocos… despertó al amor. Una tarde de eterno verano se encontró con un pollito, de su misma especie, de su mismo reino. No lo planeó, pero aquella tarde la recordaría por años.
Se enamoró de uno qué,
con su pequeño pico, rompía el viento para proclamar que el Rey de las Alturas
y León Eterno, reinaba. La pequeña aguilita, nunca gallina y jamás raíz, pensó:
“También es mío el León, también soy suya.”
Ese día pensó que aquel
pollito era con quien quería llenar su vida de años y retornar al polvo. Lo que
hizo que la pequeña aguilita despertara el amor no fue su pico, sus plumas o
sus garras, fue su desafina voz que declaraba que amaba al León… Su León.
Guardó por años el secreto,
y aunque el amor estaba despierto, ella insistía en que debía volver a dormir…
pero era demasiado tarde. El amor -que ella había despertado- tenía insomnio.
Así que, cuando lo creyó prudente, lo gritó, pero no hubo respuesta. Solo
silencio. ¿Y el amor? El amor seguía despierto.
“¡No debí despertarte! ¡Vuelve
a dormir!”- Le suplicaba aguilita, pero amor, quién no pidió ser despertado,
tampoco podía dormir.
Para hacer la historia
corta:
Un día sí.
Al otro ya no.
No te quiero.
Tampoco quiero que estés
con alguien.
Mil promesas.
Fueron olvidadas tan
pronto como comenzó.
No te dejaré.
¿Quién eres?
“No te vayas.” -Suplicó
ella.
Nunca estuvo.
Cuando la historia que nunca
comenzó terminó… Aguilita corrió a los brazos del águila amigo, que era como un
Lobo que guiaba a su especie; quería que la abrazara y le dijera: “El amor
dormirá, espera un poco más”.
No hubo abrazo, tampoco
escuchó lo que quería. Esa noche escuchó del picó del águila amigo: “Terminaré
de matarte.” -Fueron sus palabras.
Así que aguilita escuchó
al Lobo amigo, mientras por dentro pensaba: “No puedes romper algo que ya está
roto, solo estás bailando sobre añicos”, pero escuchó atentamente lo que tenia
para decirle.
Luego corrió e intentó que
su amada águila madre la abrazara, pero sólo escuchó: “Te lo dije.” Así que,
también escuchó lo que ella tenía para decirle.
¿Y el abrazó? Mm, nunca
llegó. Quizás estaba tratando de enseñarle a aguilita sobre cómo debía ser más
responsable. ¿Quién sabe? Quizás así aprendería la lección.
Cuando la aguilita se
cansó de buscar consuelo y no encontrarlo, corrió a las Alturas. A donde
habitaba el Rey, Su Rey.
“Me quema.” -Gritó. “Aquí,
aquí. En el pecho.”
“Señor, Gran Señor. Sino
vienes hoy… moriré.”
“León, Gran León… ven hoy.”
-La aguilita se desplomó llorando. Su cabeza ardía y sus lágrimas sobre su rostro,
también.
Cuando alzó su rostro, vio
sus pies.
Él había venido. Había
escuchado sus gritos ahogados y sentido cómo estaba ardiendo de vergüenza,
rabia y tristeza. Él había venido porque el corazón roto de aguilita, lo llamó.
Él, desde antes de la fundación del mundo sabía que ella era la responsable,
pero Él no lo mencionó. Él enmudeció, El la abrazó y esperó a que sus lágrimas
dolieran cada vez menos.
El León, -y no cualquier
león, sino el Rey- la arrulló entre sus patas mientras cantaba una canción que
decía: “Pobrecita, fatigada y sin consuelo… he jurado que no me enojaré contra
ti, ni te reñiré. Por amor a mi nombre he jurado, Yo Soy tu hacedor.”
La aguilita se escondió entre sus grandes
patas mientras los días oscuros pasaron, pero se dijo a sí misma que no debía
volver a suceder lo mismo. Así que, reunió toda su energía y sus recursos en crear
una gran, gran muralla. Una torre, un castillo, un rascacielos… y se escondió.
Tardó años, así que lo había
construido cuidadosamente pensando en todo lo que había fallado en el pasado. Lo
cerró con llave y olvidó dónde la había guardado.
Lo realmente chistoso -que
no tenía nada de gracia, sinceramente-, es que cuando aguilita voló hacia la
ciudad de las luces y las lentejuelas, sus águilas amigas dijeron entre sí: “Se
fue a buscar a otro pajarraco.” “Están desesperadas”
Y cuando lo que sus águilas
amigas dijeron secretamente, llegó hasta la ciudad de las luces y las
lentejuelas -porque lo que se dice en el eterno verano también se escucha allí-.
Aguilita se carcajeó desde su torre. Aunque, su risa era más de cansancio que
por gracia.
“He construido una gran torre
que me protege, pero estás tan lejos que no puedes verlo.” “Aquel día, ¿Lo
recuerdas? Aquel día me rompí. Así que cuando terminaron de bailar sobre mí,
junté mis pedazos y subí hasta aquí, pero no lo sabes, porque no preguntas; Ah,
sí, es porque tú lo sabes todo.” “Es porque desde tus ojos, tú opinión es la ley.”
“Cuando mis pedazos estaban por todos lados, ¿Dónde estabas? Ah, sí. No estabas
aquí.”
Así que cuando algunos se
acercan a aguilita, revoloteando y alardeando, gritan: “Derriba la muralla para
que podamos alcanzarte.” Ellos, posibles amantes, gritan hasta que se cansa de
escuchar: “No.” “Duele mucho.” “No puedo despertar al amor” “No debo despertar
al amor hasta que quiera, porque si no, vendrá el insomnio y volveré en el
tiempo.”
Así es como todos se
marchan. No tienen la llave, aguilita tampoco.
Ella se pregunta y se
culpa. Ella sigue en su torre y el único que puede pasar va a ella todas las
noches a recordarle que es amada, que siempre lo fue y que siempre lo será. Él
sigue cantando una canción que la consuela. Él nunca ha dejado de ser. Él
escucha un día: “Quiero encontrar un águila amado” y también escucha al día siguiente:
“Nunca, jamás, no quiero.” Pacientemente escucha. Él sana las heridas que ella
misma se provoca. Él le está enseñando. ÉL NUNCA LA DEJARÁ.
Desde la torre, aguilita
escribe que algún día llegará uno con el permiso del Rey de las Alturas de
tomar su corazón, ese que tiene la llave. ¿Dónde estás? ¿Vendrás?
“Estoy en la torre. Es
alta, lujosa, impenetrable.”
“A quien le sea dada la
llave, por favor… Quebrántalo todo…”



Te amo. Eres maravillosa aguilita.
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