La canción.



Esta es la canción, la melodía y los silencios.

Estos son los intervalos, los susurros, las disonancias.

Una montaña rusa; un sí que debería ser no, un no que debería ser sí.

Palabras equivocadas, momento equivocado, lugar equivocado.

Un intermedio que no es el paraíso y tampoco es el Seol. 

El lugar no tiene nombre… es la nada.

Debería llamarse nada… la nada.

Estoy en casa, pero nunca en un hogar.

Ciega, mientras te veo.

Te veo, no veo, te veo… no veo.

Quería volar, pero recordé que las gallinitas no vuelan.

Quería cantar, pero las gallinitas cacarean.

Sin embargo, -y por qué no, se dijo a sí misma mientras se preparaba para entonar su primera canción-

"Estoy herida". -Decía la canción- "No te vayas… no me dejes, no me sueltes. Estoy rota".

La gallinita cantó aquella noche, pero esa canción nadie la escuchó.

Eso creyó ella, pero mientras las lagrimas acompañaban su desentonado cacarear, frente a ella estaba el más poderoso Rey de todos los tiempos, el más temido, el más noble. Nadie nunca lo había visto, pero su canto desentonado y honesto, lo atrajo a ella.

La canción continuaba:

"No te vayas, no me dejes, no me olvides." -Continuaba cantando la gallinita- "Me duele el corazón, está pesado… está herido".

Ella, cansada de las emociones que estaban explotando dentro de ella y resignada a que su canto no lo oiría nadie, se durmió.

El Rey continuaba delante de ella. No movió ni siquiera un pie. Sus ojos estaban sobre ella, demasiado rota, demasiado sola. El canto honesto lo atrajo a su morada. El rey esperó décadas para escucharla cantar, el Rey esperó desde antes que fueran creados los gobiernos, los reinos y las naciones para ese día.

Y aunque la canción duró unos minutos, el Rey pensó que había valido la espera.

Porque aquel cacarear fue uno en diez mil cantos y el Rey nunca rechaza un corazón que le llama.

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