Primera carta: está bien.



Soñé que alguien me decía que escribiera cartas, no recuerdo quién ni a qué, pero he aquí mi primera carta. Aunque al destinatario no le alcanza la vista para leer, no sabe que escribo y lamentablemente, no me recuerda. Entonces me pregunto, ¿le estoy escribiendo al olvido, al viento o a la nada?

No lo sé, pero con el permiso de los cielos estoy escribiendo-te.

Debería comenzar diciendo que no estoy lista, y que creo que nunca lo estaré, pero que está bien, porque me he enamorado de alguien que no es polvo y no retornará a el.

La cuestión es esta, que crecí y soy fuerte ahora. Me encuentro en un país ajeno a mí y soy extranjera, pero eso siempre ha sido así, porque no pertenezco aquí, ni allá, sino a alguien. Pero ése no es el tema. El punto es que ahora que soy fuerte, tú no. La cuestión es que, cuando deseaba darte todo lo que creo mereces, no tenía cómo, y ahora que tengo, ni siquiera sabes que estoy esforzándome por darte algo que disfrutes.

¿Han florecido los árboles del frente de la casa? ¿Sigues mencionando que debemos visitar a los muertos y entregarlas? Seguro que sí. ¿Seguirás preguntando por si he visitado a mi abuela paterna o si sé algo de mi padre? Sí, murió hace un par de años. “Imposible”, seguro sigue siendo tu respuesta. Sucedió.

¿Sigues olvidando que has tomado café? ¿Continúas prefiriendo el café antes que la comida? Sigue sin gustarme, pero te recuerdo cada vez que el aroma baila en el viento. Te recuerdo cuando intento tomarlo, sigue sin gustarme, aunque me gustes.

Pienso en ti constantemente, en tus palabras tras mi nacimiento, en la comida caliente que ponías sobre nuestra mesa cuando los tiempos no era favorables y especialmente, como me dabas besitos en el cuello cuando te abrazaba, siempre terminabas llorando. “Eres la mujer más hermosa del mundo” -te decía, pero no me creías. Lo eres. ¿Te lo dijeron? ¿Te quedó claro que te he amado o el olvido también ahogó mi esfuerzo? ¿Por qué llorabas? No hay respuestas, no las encuentro. No me respondes, porque no escuchas que te pregunto.

Cuando te bañaba, tu cuerpo frágil me recordaba: “Debes quererte ahora, debes disfrutarte ahora”. Ahora, tu cuerpo frágil me hace doler el corazón. Está bien, supongo que la proporción de mi dolor es equivalente a lo mucho que te amo.

No estoy lista, pero si tu lo estás, aunque yo no lo esté, lo respetaré.

En nuestros temas de conversación la muerte siempre era el centro, quizás porque la esperas, pero creo que ella se ha olvidado de ti, pero si quieres, aunque no quiera, intentaré respetarlo. Puedes irte, aunque no te deje ir.

Alguien escribió: “Si un escritor se enamora de ti, jamás morirás”. No soy escritora, aunque escribo, pero lo que a mi respecta, disfrutemos ser efímeros y encontrémonos con el Eterno. Al contrario de ti, me he enamorado de la Vida. Si lo fueras conocido, también te fueses enamorado.

No tengo remordimientos, aunque estoy arrepentida.

Finalmente, solo puedo decir-te: lo siento, gracias, te amo.

Abuela, mi primera carta es para ti y para mí: cuando florezcan los arboles y esté sentada debajo de la mata de mango que plantó mi abuelo y esté sin ti, te recordaré como algo hermoso. Aunque los años me hayan traicionado y no pudieras cumplir la promesa que te pedí: conocer a mis hijos.

 Bien, no pasa nada. Me encargaré de que ellos te conozcan a ti.

Esta vez las cataratas no te permiten ver cómo mis letras están llorando, pero está bien también, olvídalo todo. Olvida los días malos, los días buenos y si quieres, tu propio nombre. También lo he decidido, si mi vida se llena de años, lo olvidaré todo. Todo, excepto a mi Eterno primer amor, decidí que, podría olvidar mi propio nombre, pero no el Suyo. Olvidaré mis fallas y mis logros, pero no olvidaré lo amada que fui, que soy y seré.

Viviré olvidándome a mi misma, pero siempre pensando en ÉL: En el León de Juda.

 

Sé feliz.

Seamos felices. 

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