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Bitácora: Aguilita.
La aguilita que antes se creía una gallina y deseó ser una raíz, voló y luego de un precipitado y largo viaje llegó hasta la ciudad de las luces; todo parecía relucir, todo era artístico y despampanante. Sería justo contar que lloró todo el camino y sintió que moría. Como si cada kilómetro que recorría fuese un paso hacia el olvido.
También es importante mencionar que todo lo divertido le recordaba a aquella águila re divertida, la de la voz afinada, la que le cantaba al Rey de las alturas.
Aguilita voló hasta la ciudad de las luces; era una ciudad fría, que llamaba malo a lo bueno y a lo bueno, lo llamaba malo. Era un lugar lindo, pero extraño.
Sus habitantes no conocían al Rey de las alturas, era extraño que alguno de ellos siquiera conocieran Su nombre. Su nombre estaba en sus bocas solo cuando escupían un mal chiste, un comentario irreverente para sonar cool y una ofensa, para desafiar.
Se reían y se mofaban.
Estaban en lo suyo, nadie se detenía a agradecer, nadie veía la vida misma como un regalo, sino como un deber, un calvario, un castigo, un sueño, una ofensa.
Casi nadie se detenía a ver cómo ningún amanecer se parecía al otro.
Sus habitantes, demasiado ocupados.
Nunca bailaban, siempre tropezaban.
Nunca disfrutaban, solo tragaban.
En la ciudad de las luces, todo era brillante, artístico y despampanante. Había de todo y se quejaban un poco más.
Las aguilitas veían aquella majestuosa ciudad con lastima, porque tenían todo lo que podían tener y eran desichadas. Como un vaso roto que nunca estaba saciado.
Las aguilitas veían lo hermoso que eran los habitantes, no importaba que tanto lo vieran, no dejaban de ser preciosos. Pero, al caminar, escuchaban -ellas- como los añicos que estaban dentro de ellos tocaban un vals solitario, cansado, irremediablemente roto.
- ¿Qué has hecho? ¿Qué has conseguidos? - preguntó quién no se saciaba con ninguna respuesta.
- Llegué a la ciudad de las luces. -respondió segura. - después de un inesperado y esperado largo viaje.
- Estas igual. - sentenció quien no respondía ninguna pregunta.
La aguilita, quien nunca más fue una gallinita, exhalo una sonrisa.
- He conseguido lo que creí, había alcanzado ya. Pero que no podía ver desde el nido.
- ¿Caer otra vez?
- Amarlo más, agradecerle más, desearlo más. He visto, con estos ojos indignos su incuestionable misericordia, amor, celo y cuidado. En la ciudad de las luces y las lentejuelas, los veo tocar esa canción funebre con sus labios, cuando veo como ellos mismos cavan sus propias tumbas y lo celebran; pienso en mi especie que viven como buenamente pueden y que, celebran la vida aún cuando la noche parece no terminar. Pienso en mi especie, que tocan con sus desembocamos corazones un tamborileo inmparable de agradecimiento al Rey de las alturas.
Enamorarme más. Eso es lo que creí imposible. Lo conseguí aquí, donde nadie cree, vive o ríe. Me lo dio este lugar áspero, irreverente y lastimado.
- No estás tan bien como crees, -respondió quien sólo busca hundir- solo adornas con basura poética.
Vendré otra vez. -Dijo quien lo cuestionaba todo y recibía todo como una blasfemia.
La aguilita, quien no podía evitar sentirse agotada cuando respondía las desvergonzadas acusaciones, que no eran pocas. Se arrancó de su propio cuerpo, una pluma. La sumergió en el río que siempre tocaba cerca de ella, para calmarla, para arroparla, para saciarla.
"Siempre tuya." -Escribió ella.
Lo escribió en el aire, en la arena, en la tierra, sobre una roca y en su frente.
Escribió, porque no quería que las palabras se las llevara el viento.
Escribió porque se cansó de hablar.
"Siempre mía." - Escuchó eternamente en un susurro que la hizo reír, como expresó ella: durante todo lo que le quedaba de vida.
En Teruel a los 3 días de enero del año 2020
QUE AMO COMO ESCRIBES, CONCHALE 😍
ResponderEliminarNo me aparece tu nombre, pero me gustaría saberlo. ¿Eres Cris? 😂🖤
EliminarAun te leo mi amada Ro.
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