Había una ciudad... de águilas.
En la cima de aquel lugar demasiado inalcanzable por los hombres, había una ciudad… de águilas y también, una pequeña gallinita.
La ciudad de las Águilas, aunque a veces sumida en una espesa oscuridad, era luz. No por un farol que titilaba a medio tiempo, sino porque ellas en sí mismas eran la luz que alumbraba. La luz venía de sus corazones, que palpitaban a causa de un Rey cuyo Reinado era inquebrantable.
La gallinita llegó un buen día a la ciudad y vio al papá de las águilas, su pico era realmente grande y esponjoso, eso la hizo reír en silencio. No quería que papá águila se molestara, pero su nariz grande y esponjosa era un motivo de alegría para ella. No había otro pico que lo igualara, ¡era asombrosamente divertido!
Cuando la gallinita lo vio, pensó: “Quiero ser como él” “Mira sus plumas” “Mira el mover de sus alas” “Y mira, su gran, gran pico.”
Pasó el tiempo y ella siguió conociendo más águilas, que se juntaban y aleteaban. Volaban con fuerza y esplendor. Eran inigualables, pensaba la gallinita.
Algunas, con sus plumas, cantaban afinadas al sonar de las cuerdas, otras usaban su pico para hablar del Rey de las alturas, algunas otras… simplemente veían. En aquellas tierras, todo era amor, debido al Rey y Su Reinado. Disfrutaban compartir juntas, hablar y reír, reír –para ellas- era la mejor parte.
La gallinita, no sabiendo qué hacer, arrancó una de sus plumas y comenzó a escribir en el viento. Escribía una historia de amor, obviamente sus letras hablaban del Rey y Su honorable Reinado, se negaban a escribir sobre otra cosa, porque ninguna otra cosa era mayor a aquella Gloria y Trono.
La gallinita se acercaba al papá y mamá águila, para contar una que otra cosa chistosa, amaba escucharlos reír. Sus carcajadas –pensaba ella- le daban años de vida.
Pasaron los años y ellos le enseñaron a ver sus plumas, su pico, sus alas y sus garras. Ella pensaba “no soy una gallinita cualquiera”. Ellos le mostraron en las aguas cristalinas, su cara. Sí, no era una gallinita cualquiera, porque era un águila, como ellos. Aunque hubiese crecido creyendo ser una gallinita, ella lo sabía ahora, era un águila.
- Vuela alto. –dijo papá águila.
- Tengo miedo, buen señor. Nunca he volado. Nunca tan alto.
- Vuela alto. –volvió a decir reteniendo las lágrimas. Papá águila no tenía más opciones que ser fuerte.
- No me quiero ir, buen señor. Nunca he volado. Nunca tan alto.
- Vuela. –dijo sacando su corazón, su corazón que la quería cerca.
- Nunca he volado tan alto, buen señor. –volvió a decirle a papá águila- pero lo haré.
La gallinita voló.
Aquella tarde voló, voló deseando no ser una gallinita, ni un águila, sino una raíz que se envolviese en las patas del águila papá y el águila mamá. Deseó ser una raíz, para estar plantada a sus pies. Deseó ser una raíz, para nunca volar y quedarse con ellos.
Él águila voló. Ya no era una gallinita, nunca lo fue.
La ciudad de águilas siguió siendo honorable, llena de vida, de amor y de muchas risas. Especialmente por un águila traviesa que quería que sus plumas fuesen más oscuras de lo que eran. Era escandalosamente divertida. Era un águila que cantaba afinadamente, sí, obviamente cantaba canciones de amor sobre aquel Rey y su Reinado insondable.
El águila voló, deseando ser una raíz, y deseó aún más, ver ése gran y esponjoso pico una vez más…
- No me quiero ir, buen señor. –pensó el águila que ya no era una gallinita y nunca sería una raíz- Pero volveré, porque quiero reír una vez más, a causa de su gran, gran pico.



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