Ya no se trataba de eso.
Ya no importaban las estaciones, si el clima era bueno o
malo, o si el insomnio llegaba para tomar una gran taza de café en los días
difíciles. Ya no se trataba de la barca, el mar o la tormenta mostrando sus
filosos colmillos. Los tiempos se habían mudado, ¡ya no se trataba de eso!
Ya no se trataba de eso,
porque tenía en Sus manos una bandera blanca, como la nieve, que irrumpía – a
veces- al ritmo de un viento recio, -a veces- con la sutileza de un silbo
apacible.
Tenía en Sus manos una bandera blanca, como la nieve, que
se ondeaba con el viento y que iba conforme a donde era movida. A veces lento,
a veces violento… Y las plantas de sus pies, firmes… experimentadas en pureza,
y blancos, como la nieve. A veces a un extremo, a veces al otro.
Y Sus manos atravesaban el viento, como una filosa
espada, como un arma, como una bandera que se enarbolaba, blanca… como la
nieve. Y con el sonido inesperado de Su risa, la oscuridad se iluminaba.
Y en cuanto a ella… Ella ya no tenía miedo, porque ya no
se trataba de la barca, del mar o de la tormenta mostrando su violencia. Ya no
se trataba de eso, se trataba de Su mirada, de Su voz y de Sus manos. Ella
ya no tenía miedo, ella ya no se escondía, ella ya no se avergonzaba de sí
misma… Ella era la bandera, blanca… como la nieve.
Ella ya no tenía miedo, porque las manos que la
izaban, eran experimentadas en pureza.
Y en el vaivén de alegría, sonreía.
Aunque a veces las lágrimas salían.
Pero siempre, la oscuridad se rendía.



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