Esa clase de amor.
En la cima de algún lugar demasiado inalcanzable por los hombres, habitaba
un Rey. Un Rey cuyos nombres eran demasiados, porque ninguno era lo suficientemente
acertado como para definirlo. Los poetas insistían en lo penoso que era, para
sus plumas, tener que escribir sobre Él, sobre sus virtudes y sus proezas.
“¡Estamos condenados a la eternidad!” –decían las palabras- “porque nunca terminaremos esta
tarea”.
¡Así de desmedido era aquel Rey y su reinado!
Algunos cuentan, que tan solo le bastaba al Rey hablar para que todo cuanto
tocara la luz de sol y la luz de la luna, temblaran unánimes. Algunos describen,
que las ramas de los arboles no podían estar quietas, chocaban unas con otras
para emitir un sonido de agasajo ya que no podía hablar. Detallan, que se movían
para saludar a la realeza cuando Éste pasaba cerca de ellos, y que, los gigantescos
arboles doblaban su rígido tronco inflexible para hacer una reverencia de 90° y
así expresar el respeto que le tenían.
¡Así de honorable era aquel Rey y su reinando!
Y cuando las palabras se daban por vencidas, emitían un suspiro de
resignación. ¡Pobre de ellas! ¿Tenían culpa de que aquel Rey fuese
inalcanzable, poderoso e imponente? ¿Tenían culpa de que su presencia nunca
pasara desapercibida? ¡Eran inocentes! Pero aún ellas se sentían culpables de
no poder hacerle justicia al Rey y a su belleza.
Así fue como las palabras aprendieron a callar. Aprendieron a callar cuando
lo conocieron. Ellas creían que eran sabias, hasta que lo escucharon hablar.
¡Así de honorable era aquel Rey y su reinando!
Lo que más admiraban del Rey, era el amor que tenía por su pueblo. Pues, la
gente estaba demasiado acostumbrada a dominios, donde los gobernantes se amaban
tanto a sí mismos, que no les importaba sacrificar todo lo que tenían, aunque fuese
su sangre y su familia, porque ser rey “era lo más importante”.
Los amó tanto, tanto, tanto que no encontrando alternativas para salvar a
su gente –que era demasiado irreverente, tosca y salvaje- condenados al exilio y a la muerte; se ofreció como tributo para que su pueblo pudiese vivir disfrutando del pan y
del buen vino.
¡Fue una decisión dura! Sobre todo, para el Rey Padre y Su aliento.
Sí, nadie entendía aquella decisión, pero así de honorable era el Rey y su reinado.
Cuando llegó el tiempo de tomar la vida del Rey por la del pueblo; sus
enemigos no tuvieron piedad, aún la última gota de vida que había dentro de Él, la extrajeron. ¡Daban gritos de júbilo! Estaban rozagantes.
- “Finalmente
acabamos con Él” “¡Está derrotado el que se creía invencible!” –Gritaban mientras
chocaban sus lujosas copas, celebrando su victoria.
- “¡Se
creía un León temible –comentaban- y terminó siendo un simple cordero más,
destinado a ser escupido y degollado!”
- “¡Eso
es lo que pasa con los que se las dan de listos! ¿Qué creía? ¿Qué nos
conmovería su discurso!”
- “No,
qué va.” –Sentenciaron-
Lo que no sabía la muerte es que contra ésa clase de amor –con la que amaba
el Rey- no había ley. La muerte nunca antes se había encontrado con un caso
así, porque nunca nadie en la historia de la historia, había amado de tal
manera.
La muerte se sorprendió cuando lo vio levantarse, la muerte nunca había
visto con sus oscuros ojos, esa clase de amor, esa clase de luz. Y sin poderlo
retener –al Rey- le abrió la puerta de la cárcel donde lo tenía cautivo.
Aquel día el Rey invencible, fue conocido como el Rey invencible.
Claro que ya lo era, pero aún la muerte necesitaba saberlo. La muerte tenía
que conocer a aquel Rey y su reinando.
Las ruinas de aquel lugar rieron, no podían creer lo que sus ojos estaban
viendo. ¿Acaso no era la muerte lo más poderoso que existía? –se preguntaron-
Ya sabían que no.
Te preguntaras si aquel pueblo realmente merecía tal sacrificio del Rey. La
respuesta es, absolutamente no. ¡Los habitantes ni siquiera lo amaban lo suficiente!
¡Los habitantes ni siquiera conocían su rostro!
¿Entonces por qué lo hizo?
No lo sé.
El Rey estaba demasiado ocupado amando, no tenía tiempo para cuestionamientos.
¿Alguien ha podido entenderlo?
No.
No lo sé.
Lo que sí sé, es que todos siempre terminan amándolo… pregúntale a la
muerte; que se enamoró de Él, pero nunca lo pudo tener. Pregúntame a mí, que me
consideraba inquebrantable hasta que me quebraron sus formas de amar.
Nunca antes he tenido la oportunidad de ver cara a cara a aquel Rey,
(moriría al instante ante Su Alteza) pero no me preguntes cómo es que puedo
amarlo sin haberlo visto, estoy demasiado ocupada amándolo. No tengo tiempo
para cuestionamientos.
No he necesitado verlo para ir delante de Él y decirle:
Su Majestad.
Oh Gran Rey,
Aquí estoy.
A veces simplemente le digo:
Aquí estoy, amado y amigo mío.
Él sonríe cuando escucha mi desaliñada voz… y me deja ver sus espaldas.
Es por eso que continúo caminando, porque lo escucho reír entre las ruinas de mi nación cautiva en un gobierno autoritario. Los duros troncos de los árboles se inclinan ante Él, no me sorprende que mi
duro corazón también lo haya hecho.
Una vez que lo conoces, no puedes simplemente no amarlo.
¡Así de honorable es mí Rey y su reinando!
Hay quienes dicen que hoy es el cumpleaños del Rey.
Sea el día que sea, Su Majestad:
Su nacimiento, su muerte y su resurrección,
significan todo para mí.
Su Majestad: Estoy tratando de vivir una buena vida,
El vino y el pan es la mejor parte.
Amado mío, amigo mío y corona mía:
¡feliz cumpleaños!
Y algún día, cuando sea el tiempo de partir y deba encontrarme con la
muerte, le hablaré a ella sobre Tú nacimiento y ella sonreirá conmigo porque sabrá
que, aunque me tiene, no soy suya… sino tuya; Gran Rey, y solo sirvo a tu regencia.
¡QUE VIVA EL REY!
¡QUE VIVA!



Detenerse a ver una verdad, es lo que maravilla de tu talento.
ResponderEliminarEscribió ella: El Rey estaba demasiado ocupado amando, no tenía tiempo para cuestionamientos.
Que bella reflexion
ResponderEliminarQue escrito tan esplendoroso y sublime. Lo amé demasiado. Dios bendiga tu talento. Toda la gloria sea al REY <3 TE QUIERO MUCHO AMIGUITA
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