Pensé en mí, pensé en ti.
Leí sobre un escritor y como pensaba que cada vez se volvía más distante, oculta, pequeña y casi,
ya casi, nieve.
Pensé en mí.
Pensé en ti,
un momento
antes de conocerte,
un momento después de conocerte.
Un abismo, una grieta,
un todo, un nada.
Pensé que sería bueno
escribirle a una vieja amiga, pensé que sería bueno hablarle del futuro y de que no es
como la pinta. Que la escala de grises tiene matices, que hay belleza en las
cenizas si estás te llevan a las manos correctas y que los desiertos tienen escondidos
manantiales de aguas.
Pensé en decirte que no
eres lo que ellos dicen, pensé en decirte que ese cuarto en el que te encerraron aunque negro, será blanco. Que te acusaron, pero que te hicieron justicia. Aunque no hubiese testigos, aunque no existiesen disculpas. Que te dolerá, pero
sonreirás. Con testigos, sin testigos pero con el corazón en libertad.
Pensé en decirte que no
tienes que esperar a que llegue la noche para llorar, que llorar está bien pero
que reír está aún mejor. Que los prejuicios son comunes y recurrentes, y que
hablarán de ti una y mil historias que no son ciertas pero que te ayudarán, a
ser más fuerte, más débil, más prudente, más sensible. Pero que por sobre todo
te enseñaran que los ojos pueden ser lavados, aunque otros permanezcan con
vendas.
Que se necesita saliva
y un poco de tierra para hacer barro. ¡Pero también alguien que quiera ver!
Pensé en decirte que
cada vez serán menos,
que cada vez serán más.
Eternos y efímeros.
Regulares y sublimes.
Que te importará y te dejará de importar.
Cada vez más, cada vez menos.
Pensé en decirte que lo
mejor de todo es él, el León de Judá. Que te vio y nunca más te dejó de ver. Aunque quisieras, aunque no quisieras. Aunque sí, aunque no. Que fuerte, aunque
débil. Pensé que querrías
saberlo, que él es el que tanto estabas buscando. Que llegó y nunca se marchó.
Que rugió y esfumó tus miedos, tus celos, tus cenizas. Pensé en decirte que
más nunca fuiste ceniza, aunque polvo, aunque efímera, y ahora… ante las
pupilas en las que se refleja tu imagen, eterna.
Él rugió, y escribió en
el viento que eres suya,
tres veces,
eternamente.
Y que aunque llegase a ser como aquella
escritora, distante, oculta, pequeña y casi, ya casi, nieve…
… Siempre, siempre
suya.
Pensé en mí, de 8 o 22
años…
Pensé en él, cuyo
tiempo no puede medir sus años.
Pensé en mí, frágil.
Pensé en ti,
inquebrantable…
To: León de Judá.


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